martes, 14 de septiembre de 2010

Regreso a Ítaca


Argos mueve la cola con insólito
entusiasmo a cada exhalación que
sale de los pulmones de su amo. El
cuerpo metálico no alberga
reproches ni rencor, no pretende
explicaciones. Se limita a quererlo
con un amor incondicional, sin osar
pedir nada a cambio. Sólo el viejo
perro mecánico reconoció al
intrépido viajero bajo esas ropas más
propias de un pordiosero que de un
emperador. Sólo a él no parece
inquietar su regreso.
En el silencio de la alcoba, el
insistente murmullo la aturde. Ya no
está acostumbrada a su respiración.
Sobre el lecho revuelto el cuerpo
maduro pero aún musculoso se agita:
lucha contra sus fantasmas. Una
triste sonrisa cruza los labios
marchitos. Ni siquiera de vuelta
puede ser enteramente suyo. Incluso
en sueños se enfrenta a esos extraños
seres responsables de su larga
ausencia y de las cicatrices antiguas,
nacaradas, que surcan ahora una piel
antaño perfecta. Ella sabe que ese
inquietante mapa ha de arrastrarlo de
nuevo lejos. Ha pasado la mayor
parte de su vida de esposa sin él, y
sin embargo lo conoce bien: tampoco
esta vez se quedará mucho tiempo.
Se pregunta qué será entonces
¿Viajes a otras galaxias en busca de
nuevos súbditos, de nuevas fuentes
de energía, del esquivo secreto para
recuperar esa juventud que a ella se
le ha ido escapando día a día en el
tálamo vacío?
Es más una viuda que una esposa.
El dolor fue tal que quizá sólo el
deber la mantuvo viva. Viva para
enfrentarse a las intrigas palaciegas,
para defender los intereses de un hijo
indefenso y los de un marido que
bien podría haber sido una quimera.
Ya no sabe si era a los aspirantes al
trono a los que rechazaba, a cada
pretendiente que codiciaba el control
del imperio, o a los hombres. Quizá
no debió abandonar los hábitos.
Puede que, después de todo, en
efecto su destino fuese el de
convertirse en una
vestal.
Las rojas lunas
de Leucas
proyectan una
espectral luz sobre
el tapiz
eternamente
inacabado. Ella les
vuelve la espalda.
Ya no es una
sacerdotisa: no
quiere leer su
aciago presagio.

Salomé Guadalupe
Ingelmo (España)

septiembre- octubre, 2010# 104 Revista Digital miNatura

No hay comentarios:

Publicar un comentario